Intervención social, Vulnerabilidad social

Soledad: Entender y transformar desde el Trabajo Social Sanitario

Joan Casas-Martí
19 mayo 2025

La soledad no es solo un sentimiento individual, sino un fenómeno social marcado por desigualdades. El Trabajo Social Sanitario ofrece respuestas que fortalecen vínculos y comunidad.

¿Y si la soledad no fuera, únicamente, un asunto individual?

¿Y si, en lugar de preguntarnos por qué una persona se siente sola, nos preguntáramos qué tipo de sociedad estamos construyendo?

¿Y si el Trabajo Social Sanitario pudiera aportar nuevos enfoques?

La soledad como fenómeno

Clásicamente, la soledad se ha definido como una vivencia subjetiva: la percepción negativa que aparece cuando hay una discrepancia entre las relaciones que una persona desea y las que realmente tiene. Sin embargo, hay cada vez más voces que alertan de hasta qué punto esta definición resulta insuficiente. La soledad también es relacional, social y estructural. Tiene que ver con vínculos que se rompen, apoyos que desaparecen y contextos que aíslan.

Una parte muy importante de las intervenciones frente a la soledad han puesto el énfasis en lo individual: por ejemplo, ayudar a las personas a cambiar cómo interpretan sus relaciones o recomendarles actividades para “ocupar el tiempo”. Pero ¿qué ocurre cuando esta mirada despolitiza el sufrimiento? ¿Qué pasa cuando ignoramos que muchas soledades no son elegidas o azarosas, sino producto de desigualdades, precariedad, racismo, sexismo o edadismo?

Desde el Trabajo Social y, específicamente el Trabajo Social Sanitario, debemos romper con la idea de que la soledad es una mera experiencia interior. Y lo debemos hacer porque sabemos bien lo que implica reducir los problemas humanos a diagnósticos individuales. La soledad es, ante todo, síntoma de una sociedad que ha debilitado los lazos comunitarios, los espacios comunes y los tiempos compartidos. Intervenir en la soledad es, por tanto, intervenir también en el contexto que la genera.

Trayectorias vitales, desigualdades y soledades

A lo largo de la vida, las experiencias de soledad no se distribuyen de forma homogénea ni siguen un patrón lineal. Suelen emerger en momentos de tránsito, de pérdida o de cambio: mudanzas, rupturas, jubilación, enfermedades, duelos, entre otros. Si bien ciertos estudios sugieren que la soledad tiende a concentrarse en la juventud y en la vejez —con una curva en forma de “U” al representar su frecuencia por edades en un gráfico—, lo que realmente subyace a esta distribución no es la edad en sí misma, sino los procesos de transición y reorganización vital.

Las transiciones vitales, al poner en cuestión nuestras rutinas, vínculos e identidades, abren la posibilidad de experimentar soledad no deseada. En este contexto, el Trabajo Social, y particularmente el Trabajo Social Sanitario, juega un papel clave, pues a menudo acompaña a personas que atraviesan situaciones de fragilidad o desarraigo, como la enfermedad. A veces, incluso, el hecho de acudir a una trabajadora social es ya una forma de reconocer una soledad que no había sido nombrada, o de expresar, más o menos explícitamente, una demanda de compañía.

Sin embargo, no todas las personas transitan por estos momentos con las mismas condiciones. Las trayectorias vitales están atravesadas por desigualdades estructurales que afectan tanto a las oportunidades de relación como a los recursos disponibles para sostenerlas. Factores como la clase, el género, la orientación sexual, la condición migrante, la diversidad funcional o el nivel educativo configuran biografías desiguales, donde los márgenes para establecer vínculos seguros y significativos son muy distintos.

Soledad

Estas desigualdades también inciden en el riesgo de que estas soledades se cronifiquen. Lo que podría ser una reacción esperable y transitoria ante una transición vital, se convierte con frecuencia en una experiencia persistente y difícil de revertir cuando se cruza con la precariedad económica, el estigma, la exclusión o la falta de apoyos sociales. Así, la soledad deja de ser un sentimiento pasajero para transformarse en una forma de vida impuesta por el entorno. Una forma de vida que nos enferma.

Aportaciones del Trabajo Social

La soledad ha estado presente en el Trabajo Social desde sus orígenes. A finales del siglo XIX, las Settlement Houses en la Inglaterra del matrimonio Barnett y en el Chicago de Jane Addams nacieron precisamente para combatir los efectos de la urbanización y la industrialización, que rompían vínculos y aislaban a las personas. El Trabajo Social se construyó, en parte, para crear comunidad allí donde la sociedad empezaba a fallar.

Sin embargo, durante décadas, la soledad ha ocupado un lugar discreto en el Trabajo Social, mientras disciplinas como la psicología o la psiquiatría han avanzado en su estudio, aunque a menudo centrados en enfoques clínicos. En los últimos años, la creciente evidencia sobre la relación entre soledad, aislamiento y exclusión social —sumada al impacto de la pandemia de COVID-19— ha contribuido a romper ese prolongado silencio epistémico.

Hoy tenemos la oportunidad —y la responsabilidad— de pensar la soledad desde nuestras claves: desde la vinculación, la interdependencia y la justicia social. Desde una comprensión del malestar que, al igual que llevamos tiempo haciendo con la enfermedad, no separa la experiencia personal de sus causas estructurales. Y desde una práctica profesional que acompaña, pero que también tiene una voluntad transformadora.

Tres ejes para la intervención social

Intervenir profesionalmente ante la soledad implica asumir que nuestras formas de acompañar, escuchar y actuar también forman parte del problema o de la respuesta. Por eso, es necesario revisar con mirada crítica –y despatologizadora– cómo ejercemos la profesión y desde qué lugares interpretamos este fenómeno. A continuación, presento tres ejes que considero fundamentales para orientar la práctica del Trabajo Social Sanitario en contextos de soledad no deseada. Son ejes que surgen del trabajo compartido con profesionales y personas expertas por la experiencia, en el marco de una línea de investigación centrada en la construcción de un Trabajo Social de las Soledades.

El primer eje es el de una práctica contextualizada, que parte de una comprensión, en profundidad, de los contextos de vida de cada persona a la que acompañamos. Intervenir ante la soledad requiere reconocer los condicionantes estructurales e interseccionales que atraviesan y configuran las trayectorias vitales. Asimismo, también implica entender cómo determinados eventos vitales han podido debilitar los vínculos y erosionar los sentimientos de pertenencia o compañía.

El segundo eje apunta a una práctica sensible, basada en la capacidad de escuchar, interpretar y acompañar la vivencia relacional de cada persona. Esta sensibilidad profesional implica alejarse de enfoques estandarizados o normativos, para reconocer las formas diversas y legítimas que las personas tienen de vivir el vínculo con los demás. No se trata de culpabilizar ni de imponer formas de socialización, sino de ofrecer un acompañamiento ajustado a las expectativas, necesidades y códigos culturales propios de cada trayectoria. Escuchar activamente, validar el malestar y construir confianza son elementos centrales de esta práctica que, desde la ética profesional, reconoce tanto la fragilidad como la capacidad de resiliencia.

Finalmente, el tercer eje invita a desarrollar una práctica integral que, de acuerdo con el objeto del Trabajo Social, no separe al individuo de su entorno ni la vivencia subjetiva de las condiciones estructurales que la sostienen. Desde un enfoque sistémico-ecológico, esta integralidad implica intervenir simultáneamente en distintos planos interrelacionados: acompañar los procesos de cambio y las transiciones vitales desde el reconocimiento y el refuerzo de capacidades; facilitar la creación o el fortalecimiento de vínculos interpersonales que sean significativos y sostenibles; e incidir en el entorno social y físico, mejorando los recursos disponibles, reduciendo barreras, y promoviendo espacios de encuentro, participación y comunidad.

A modo de cierre

Hablar de soledad es hablar, en el fondo, de vínculos: de los que tenemos, de los que perdimos, de los que nunca llegaron a formarse. También es hablar de tiempo, de cómo lo habitamos y con quién lo compartimos. Y es, inevitablemente, hablar de lugar: de si nos sentimos dentro o fuera, parte o margen, bienvenidos o tolerados.

Trabajar la soledad desde el Trabajo Social, y particularmente el Trabajo Social Sanitario, no es solo ofrecer compañía. Es crear las condiciones para que esa compañía pueda ser deseada, significativa y libre. Es recordar que nadie debería sentirse solo por ser quien es, por envejecer, por migrar, por amar o por necesitar ayuda. Es, también, sostener vínculos en tiempos que tienden a romperlos, y defender la idea —radical, incluso— de que la vida compartida merece ser cuidada.

No hay soluciones fáciles. Pero hay caminos. Y cada camino empieza con una mirada distinta, una pregunta mejor formulada, una escucha más honesta. El Trabajo Social Sanitario puede —y debe— estar ahí. No para resolverlo todo, sino para abrir espacios donde sea posible imaginarnos menos solos y solas.