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Intervención social

Intervención con perspectiva feminista en el Trabajo Social Sanitario

En palabras de Josefa Fombuena (2013): “el Trabajo Social es una profesión de mujeres, ejercida por mujeres y dirigida fundamentalmente a mujeres”. Es un hecho que la misoginia, el machismo y los relatos patriarcales siguen presentes, en mayor o menor medida, según el contexto cultural, las tradiciones colectivas imperantes o el clima político. Y siempre al acecho de los derechos de las mujeres (véanse los recientes acontecimientos en EEUU).

Las resacas alquitranadas de cada ola del feminismo son prueba de ello pero no haría falta revisarlas en detalle puesto que nuestro día a día en el ámbito sanitario nos lo recuerda: mujeres que sobre sus hombros llevan el cuidado de las personas dependientes y de las tareas del hogar, mujeres tan afectadas por la pandemia de la violencia machista como por la del Covid-19, mujeres que deben decidir entre subsistir o vender su cuerpo, mujeres cuyas patologías son negadas, silenciadas, obviadas. Y un largo etcétera.

Para la disciplina del Trabajo Social los elementos que perpetúan o incrementan las desigualdades sociales son objeto de estudio como punto central para la mejora de las condiciones de vida de la población. La intervención que tiene en cuenta la realidad de las mujeres, que aprecia la opresión de las mismas en base al sexo, sin olvidar la visión interseccional, que favorece la reflexión sobre el cruce de factores étnicos, sociales, de género, de orientación sexual, de discapacidad, etc., así como la intervención desde el modelo sistémico pueden permitir a las trabajadoras sociales sanitarias construir relaciones de ayuda equitativas y terapéuticas.

Perspectiva de género o perspectiva feminista

Sobre el hecho de ser hombre o mujer – aspectos anatómicos, biológicos/fisiológicos – se ha ido construyendo el género como un sistema cultural de orden simbólico que perpetúa, a partir de la diferencia sexual, un trato desigual. Según Patricia Fernández (2015) “el género es una variable multidimensional que se puede definir como un conjunto de roles, valores, funciones y expectativas que se atribuyen de manera diferencial a hombres y mujeres en el imaginario colectivo

La perspectiva de género sería la categoría conceptual y de análisis que facilitaría transformar dichas relaciones desequilibradas en derechos y deberes para toda la ciudadanía por igual.

Aún y así en los últimos tiempos se encuentra, incluso en ámbitos científicos y académicos, el uso indistinto del término “género” para referirse al sexo o a una identidad sentida o expresada que más allá del sistema binario podría ser fluida. Al desdibujarse el significado del concepto género también la perspectiva de género puede ser objeto de dudas. Ya en 2009 la revista Barcelona Societat del ayuntamiento de la ciudad condal albergaba un artículo de Gerard Coll-Planas donde se instaba a dejar de usar “violencia de género” solos en relación a las mujeres. Abogaba por ampliar el significado de violencia de género a cualquier tipo de violencia ejercida también contra hombres por cualquier aspecto de sus vidas que se pudiera considerar disidente en la sociedad.

De manera contraria, el feminismo, como corriente política y social con una agenda abolicionista concreta, abogaría por centrarse únicamente en las mujeres y en su igualdad plena teniendo en cuenta la opresión construida en base al sexo.

Atendiendo a la dificultad para conceptualizar correctamente se corre el riesgo de perdernos por el camino. ¿Perspectiva feminista o de género? La que sea siempre que permita intervenir en el ámbito sanitario teniendo en cuenta las relaciones de poder en las que normalmente los varones ostentan los privilegios. La que sea si nos acerca a comprender los estereotipos sexistas que se cuelan en los procesos sanitarios y que implican un trato desigual hacia las niñas y las mujeres por infravaloración en medicina e investigación clínica de sus procesos biológicos y necesidades específicas relacionadas con su estado de salud.

La maternidad social

¿Somos conscientes del sexismo social y cultural cuando intervenimos con pacientes y familias? ¿Entendemos los procesos fisiológicos específicos de las mujeres en temas de salud? ¿Implicamos en nuestros planes de trabajo por igual a hombres y mujeres cuando se trata del cuidado de personas dependientes? ¿Potenciamos la autonomía de las mujeres o por cuidarlas desarrollamos un “maternalismo” extremo que nos hace hasta levantar un teléfono por ellas?

Las pioneras del Trabajo Social fueron mujeres. El Trabajo Social Sanitario actual bebe del esfuerzo de tantas otras que dejaron su huella en el cuidado de la salud de individuos y comunidades. Quizá el carácter feminizado del Trabajo Social perpetúe la idea de que nos toca “cuidar”. Cuidar entendido no como el acompañamiento y la lucha por la equidad y los derechos – que sería el centro de nuestra intervención – sino como el hacernos cargo de todos los problemas del mundo buscando soluciones que mantengan un sistema desigual. Parecería que al habernos hecho abanderadas del ayudar al prójimo la propia disciplina se haya “percibido como una prolongación del rol femenino” (Tobías, 2018) y por tanto estemos ante una profesión a la que se le demanda una maternidad social que no solo mantenga el status quo de los tutores patriarcales y la misoginia sino que además no se cuestione sus orígenes o prácticas actuales.

Y, ¿ahora qué hacemos?

Una primera propuesta para poder intervenir en el ámbito sanitario evitando la ceguera de género sería ampliar la mirada que ponemos sobre los casos que atendemos. Cada paciente, cada familia, tienen una historia que no se puede desligar del entorno, del contexto, de la cultura (patriarcal). Existe una interacción continuada y una interdependencia que demanda romper la frontera entre intervención individual y comunitaria con un análisis más amplio de la realidad que tenga en cuenta teorías relacionales y feministas (Ríos, 2020)

Así:

“Practicar la reflexividad implica que los y las trabajadoras sociales nos cuestionemos y reconozcamos cómo nuestras posiciones, o subjetividades, conforman lo que vemos, cómo lo comprendemos, y qué hacemos en relación a eso. Más importante aún, la práctica reflexiva revela las formas en que esas relaciones e identidades constituyen relaciones de poder y su influencia en quienes decimos ayudar” (Alcázar, 2014)

Ante la posibilidad de idealización de las relaciones descontextualizándolas o suponiéndolas desprovistas de influencias de los procesos macrosociológicos surge también una segunda propuesta, la de la interseccionalidad. La teoría interseccional explica cómo la opresión, la discriminación, las relaciones de poder y privilegios, la clase social y económica, los roles de género y los constructos identitarios se imbrican con las realidades materiales como la etnicidad y el sexo en una matriz que debe entenderse en su contexto y no aislada (Crenshaw, 1991)

Y más allá del campo teórico, reflexivo y analítico nos toca intervenir recordando que las trabajadoras sociales sanitarias somos agentes de cambio. Intentemos no perpetuar roles que nos lleven a ser una profesión que en vez de acompañar en la búsqueda de opciones y soluciones solo ponga parches en las vidas de las personas.

Referencias bibliográficas
Alcázar, A. (2014). Miradas feministas y/o de género al trabajo social, un análisis crítico. Portularia, 14(1), 27-34.
Crenshaw. K. (1991) Mapping the Margins: Intersectionality, Identity Politics, and Violence against Women of Color. Stanford Law Review, 43(6), 1241–1299.
Fernández, P. (2015) Trabajo Social feminista: una revisión teórica para la redefinición práctica. Trabajo Social Global, 5(9), 24-39.
Fombuena, J. (2013) Trabajo Social Clínico en tiempos de crisis: una perspectiva de género. Servicios Sociales y Política Social, 30(104), 57-62.
Ríos, P. (2020) Aportaciones de las teorías relacionales y feministas al Trabajo Social. Cuardernos de Trabajo Social, 33(1), 43-52.
Tobías Olarte, E. (2018). La aplicación del enfoque de género en Trabajo Social: debilidades y fortalezas. Ehquidad International Welfare Policies and Social Work Journal, 10, 141-154.

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